jueves, julio 05, 2012

San Juan de Yanayacu, río Amazonas, Perú, por Julio-César Ibarra

Julio-César e Italo Antonucci remando en el Amazonas.
Terminan las vacaciones y tenemos que retornar a la rutina cotidiana. Algunos privilegiados podemos salirnos por un rato de nuestra vida común y explorar otras posibilidades de vida. Nosotros -Paulina, Antonia, Ignacio y yo- viajamos a la selva. En mi caso, había viajado antes en las alas del proyecto de dos de mis amigos de construir una casa en el río Yanayacu, brazo del Amazonas peruano. Sí, allí podemos encontrar “la casa de los chilenos”, un lugar en donde se puede escuchar canciones de Víctor Jara, poemas cantados y gritados por Mauricio Redolés y otros músicos reconocidamente escuchados en nuestro país.


La selva es atractiva, y como todo fenómeno hermoso tiene su delicadeza y su adversidad. Es un lugar a donde van los exploradores, los naturistas, los antropólogos, los aventureros, los que buscan oro o la fuente de la juventud, El Dorado, y se funden con los nativos, hombres y mujeres que no han abandonado su concepción mágica del universo, personas a las cuales la concepción de progreso les ha traído aflicciones desde que llegaron los de sangre blanca a vivir a estos lugares. Se produce así una mezcla alucinante, es por esto que esta tierra, que constituye uno de los departamentos más grandes del Perú, el Departamento de Loreto, conformado en gran parte por selva y monte y selva y ríos navegables, se convierte en una tierra de sueños. Iquitos, la capital del Departamento, sólo puede ser abordada por aire o por mar. Cuando uno se pregunta por qué estando ya a principios del siglo XXI aún no han construido una carretera, los de sangre blanca responden que por qué los empresarios que se adjudicaron la concesión se robaron el dinero o fueron incapaces de asumir tamaña epopeya, los otros los de sangre roja, en cambio, cuentan que cuando los trabajadores de las empresas comenzaron a talar la selva, la Chuchupi, una de las boas venenosas que se encuentran en estas tierras, una que se yergue sobre su cola para atacar de frente, que no tiene miedo al hombre, que es atraída por la luz o el fuego y que los ataca en la selva alta, mató a tantos que éstos al final renunciaron a su labor civilizadora para salvar sus vidas. Lo cierto es que no hay carretera y por mucho tiempo no habrá. (Ver más)

No hay comentarios: